Criticando: Hasta Que El Cura Nos Separe (0/*****)
10 Agosto 2007 · Imprimir éste artículo
Hasta Que El Cure Nos Separe
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Título original: License To Wed Director: Ken Kwapis. Intérpretes: Robin Williams, Mandy Moore, John Krasinski, Eric Christian Olsen, Christine Taylor, Josh Flitter
Para según qué tipo de personajes no hacen falta presentaciones. Evitemos los ensayos de boda, porque ya los hemos visto en muchas otras películas. Y si tenemos la capacidad de detectarlas, esquivemos las comedias románticas con amenaza de “bodorriosâ€. Hasta que el cura nos separe es el título de la demoníaca película que nos habla de un párroco que obliga a hacer un cursillo pre-matrimonial a todos los que quieran casarse en su iglesia. En pleno apogeo de las ideas neo-con, no hay nada mejor que llevar a todas la ovejas descarriadas hacia un camino lleno de luz. Sin la iglesia estaríamos perdidos, así que tenemos ante nosotros un género de cine que parecía muerto: las películas religiosas. Esta película es más fácil de clasificar como filme eclesiástico que romántico, y que a nadie se le ocurra llamarle “comedia románticaâ€.
Robin Williams hace el papel de cura que se esfuerza por modernizar la iglesia, dándole un toque grosero-amistoso a sus catequesis, misas y cursillos. A su lado siempre tiene un pequeño ayudante, que es el niño repelente y listillo bien interpretado por Josh Flitter. Y los otros dos protagonistas de la película son la pareja que se va a casar, Sadie y Ben (Mandy Moore y John Krasinski). Serán sometidos a prueba por el cura que, según se dice en el filme, “está en todas partes†y que, tal y como se puede apreciar, tiene muy mala baba.
Lo más molesto de Hasta que el cura nos separe no es su contenido de manual para casarse por la Iglesia, sino su falta de gracia. Ni un solo buen chiste y, por supuesto, ni gota de mordacidad. Pero tiene mucha ética y lecciones para aprender. Si una mujer se divorcia, aunque sea buena persona, es posible que acabe en el alcoholismo. Si usas el sarcasmo con un párroco, es posible que el destino te depare más de un accidente. La Iglesia, a decir verdad, no merece esto.






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