Matthias Luthardt: “Me atrae ese universo cerrado”

30 Marzo 2008 · Imprimir éste artículo

Matthias LuthardtA sus 34 años, Matthias Luthardt ha logrado una entrada muy notable en el mundo del largometraje de ficción con Ping Pong, una pelí­cula de final de carrera seleccionada en la Semana de la Crí­tica del Festival de Cannes. Se trata de un cineasta que ha pasado por el documental y el periodismo, un recorrido influido ciertamente por un estilo que privilegia la observación distanciada de lo cotidiano. A continuación os ofrecemos una entrevista realizada por Fabien Lemercier, que nos ha sido ofrecida por Sherlock Films.

-P.: ¿Cómo nace Ping Pong?

-Matthias Luthardt: Yo querí­a contar una historia que se desarrollara en un medio social próximo al mí­o, favorecido y tradicional, pues la palabra burgués es demasiado simplificadora. Querí­a concentrarme en algunos personajes y encontré una coguionista escritora de obras teatrales, por lo tanto, acostumbrada a las puertas cerradas. Tení­amos el objetivo de mostrar lo que ocurre tras las puertas, sin dramatizar sin cesar, descubriendo cómo los personajes se comunican entre ellos o no, y trabajando, sobre todo, en lo que no se dice. Enseguida, desarrollamos una intriga sobre un fondo de conflicto social. Porque, aunque Paul pertenezca a la misma familia, viene de otro medio con un espí­ritu comunicativo muy distinto. El microcosmos en el que irrumpe es un mundo algo aislado, sin capacidad de intercambios, y su primo Robert no es un adolescente normal que sale, por ejemplo, con amigos cuando hace bueno.

-P.: Esa elección de a puertas cerradas, ¿estaba relacionada con obligaciones de la producción?

-M.L.: Las limitaciones financieras han influido, por supuesto, pero a mí­ me atraí­a, naturalmente, este universo cerrado. Antes, habí­a realizado documentales con pequeños equipos, a veces con la cámara yo mismo, para estar lo más cerca posible de los personajes. Y para Ping Pong, temí­a que demasiados lugares y ambiciones perjudicaran este tipo de acercamiento. Además, necesité mucho tiempo para encontrar a mis actores. Tuve mucha suerte con Sebastian Urzendowsky, que, en el casting, me convenció inmediatamente. El más difí­cil fue el personaje de Robert, pues yo querí­a un verdadero pianista y busqué por toda Alemania antes de descubrir a Clemens Berg.

-P.: El perro Schumann es un personaje esencial.

-M.L.: Así­ lo he tratado, pues la forma como lo quiere la madre de la familia dice mucho de ella. Me marcó el documental austriaco Tierische Liebe (Amor animal, 1995), de Ulrich Seidl, sobre las fortí­simas relaciones, en los lí­mites de la sexualidad, que tienen los habitantes de los suburbios de Viena con sus perros. Yo querí­a que cada objeto, incluido el perro, tuviera una función, como los leitmotivs en la literatura romántica. El peligro era presentarlos como sí­mbolos, pues no querí­a ser demasiado expresivo. Intenté entonces encontrar planos y encuadres que permitieran mostrar ese simbolismo de una forma distanciada. Hice elecciones sin compromiso preguntándome siempre cuál era mi personaje de identificación. Así­, en ciertos planos, el punto recae en un personaje en primer plano, aunque sea otro el que hable en segundo plano.

-P.: La prensa le ha asociado a la Escuela de Berlí­n (Petzoldt, Schanelec, Griesebach…). ¿Qué piensa de ello?

-M.L.: Esa influencia engloba pelí­culas anti-dramáticas y anti-psicológicas, pero Ping Pong no entra en esa esfera. Sin embargo, tengo un punto en común con esta Escuela, pues deseo evitar el sentimentalismo, contar de manera sobria historias algo crudas, sencillas, para nada “más grandes que la vida como hacen los americanos. Justo algo que hemos observado y que exploramos con su propio lenguaje.

-P.: ¿Cuáles son sus influencias cinematográficas?

-M.L.: Me gustan las primeras pelí­culas de Kieslowski, las de Haneke, Bajo la arena de François Ozon, algunas de Lars von Trier y, sobre todo, las de los hermanos Dardenne.

-P.: ¿Cuál es su punto de vista sobre el renacimiento actual del cine alemán?

-M.L.: Ciertamente, existe una renovación cuyo motor son las cinco escuelas de cine existentes. Pero existe también una voluntad por parte de los jóvenes cineastas de no imitar más a otros directores. Los responsables de las pre-compras de varias cadenas de televisión tienen, igualmente, un espí­ritu bastante abierto y apoyan este movimiento, lo que no era el caso hace 10 años. Y la Historia juega también su papel, pues ha hecho falta tiempo desde la caí­da del Muro antes de que los cineastas se enfrenten a ciertos temas como lo hace en La Vida de los Otros Florian Hanckel von Donnersmarck.

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