Entrevista a Carmen Castillo
29 Agosto 2008 · Imprimir éste artículo
Hoy llega a los cines españoles el documental Calle Santa Fe, de la escritora y cineasta chilena Carmen Castillo, que se presentó en la sección Una Cierta Mirada del Festival de Cine de Cannes, donde obtuvo una gran acogida. El film es para Castillo la oportunidad de contar al mundo su historia como militante del Movimiento de Izquierda Revolucionaria y su lucha contra la dictadura de Santiago Pinochet. Lucha en la que murió su compañero Miguel Enríquez y en la que la propia Carmen Castillo fue herida gravemente cuando estaba embarazada de 6 meses, perdiendo al niño. A continuación os ofrecemos una entrevista a la directora chilena realizada por Ludi Boëken y servida gracias a Karma Films.
-Pregunta: Usted fue expulsada de Chile en noviembre de 1974. Era militante de la resistencia a la dictadura, la compañera de Miguel Enríquez, líder del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), que fue asesinado. Presentó en el Festival de Cannes, un largo metraje sobre la memoria que retoma esos dramáticos acontecimientos.
-Carmen Castillo: En el reportaje que usted realizó en diciembre de 1974 para la televisión holandesa, expresé: «Hacíamos una vida normal de gente de barrio en nuestra casa de la calle Santa Fe. Fuimos rodeados por la Dina [servicio secreto de Pinochet] y los militares, una fuerza de quinientos hombres. Miguel resistió durante dos horas, solo… y murió en el combate. Éramos personas comunes enfrentadas a una situación excepcional: Miguel Enríquez no era una víctima, ni un héroe, sino un hombre que luchaba.» El film que he realizado cuenta estos mismos hechos, pero como la luz ha cambiado, las zonas de sombra ya no son las mismas. El día que respondí a su entrevista, había algo esencial que yo ignoraba: ¿por qué había sobrevivido? Yo sabía que Miguel me había resguardado tras un pequeño mueble, que me había protegido, me había hablado, y luego el silencio. Treinta años más tarde, al volver con una cámara a la calle Santa Fe, a la casa adonde vivíamos clandestinos, encuentro que este barrio popular no ha cambiado, y especialmente los mismos vecinos de antes. Tienen recuerdos. Conozco por fin a quien se atrevió a tomarme en sus brazos, a pesar de las balas y de los militares, a quien se atrevió a llevarme en ambulancia a urgencias del hospital Barros Luco. Manuel, nuestro vecino de enfrente, un obrero, me salvó la vida. Y hoy dice, simplemente: «Era normal». ¿Normal tanto coraje? Ese misterio de los gestos de bien, pasó a ser el motor de mi película.
-Pregunta: ¿Por qué tiene tanta importancia descubrir la verdad sobre este enfrentamiento de la calle Santa Fe?
-C.C.: Pienso que nunca se puede llegar a comprender cómo es posible sobrevivir a la pérdida de un gran amor, cómo se sobrevive a la ausencia. Y sin embargo, mi memoria pasó del horror, del mal, al bien. Durante mucho tiempo, para mí sólo existían en Chile traidores y fascistas, y aún cuando sabía que todavía era posible encontrar lo humano entre los prisioneros, en las casas de tortura, en los campos de detención, sólo tenía una percepción, la del mal. Y el miedo. Tendría que haber recordado también los gestos del bien. Hoy, la conciencia de este hecho, cambia mi relación con el país, me ha devuelto la alegría. Regresé a la calle Santa Fe como una persona que vuelve allí donde una vida se quebró. Pero comprendí finalmente la manera de ser, de luchar, de un pueblo que no habíamos consultado, al cual no le habíamos preguntado su opinión sobre la dictadura. Esto me permitió también alejarme de la calle Santa fe para ir a plantear la pregunta en otros lados, a los militantes sobrevivientes, mis amigos: ¿Todo esto valió la pena ? Miguel y los otros murieron por nada? Es con sus memorias, sus palabras y sus vidas que la narración avanza. De una película centrada en una historia personal paso a una película coral, las voces de una generación de revolucionarios.
-Pregunta: En Europa, la lucha de Chile era un símbolo de resistencia contra el fascismo, como lo había sido el combate contra el nazismo.
-C.C.: Expulsada de Chile, refugiada política, finalmente me instalé en Francia porque precisamente había una fraternidad inmediata, esa del combate contra el fascismo. Los combatientes de la resistencia contra el nazismo habían vivido como nosotros, como lo cuentan los militantes en la película: la clandestinidad, una lucha armada desigual, la tortura, la muerte, los riesgos y el alejamiento de los hijos, pero también la solidaridad, la felicidad, la amistad. Aquí en Francia, allá en Chile, los resistentes se movían apoyados en convicciones sólidas y con la certeza de vencer. Nuestra experiencia la compartí con amigas que encontré en Europa, mujeres de la Resistencia. Ellas me ayudaron a atravesar la derrota y a realizar sin complacencia una reflexión sobre las armas y la violencia. Logré sobrepasar la etiqueta de la viuda de un héroe.
-Pregunta: ¿En qué aspectos el movimiento actual en Chile se asemeja al MIR?
-C.C.: Simplemente porque aspira a una sociedad más justa en la cual los pobres tengan derecho a una vida digna. En los años ochenta la resistencia abierta contra la dictadura nace y crece en las poblaciones. La llegada de la democracia en 1990 marca, paradójicamente, el principio del fin de estas organizaciones populares que provocaron la salida de Pinochet. Actualmente, la descomposición de los vínculos ha convertido a las poblaciones en el reino de los traficantes de droga, pero estos jóvenes de hoy, nuestros hijos, una minoría en la sociedad, juegan un papel fundamental en el despertar de la conciencia popular y del deseo de actuar. Sí, allí reencontré a Miguel. Allí encontré a hombres y mujeres que eran como nosotros, la misma irreverencia, iconoclastas que han tomado la decisión de hacer política como ellos dicen «en el territorio», que trabajan y viven en las poblaciones. En una sociedad que no tiene educación pública, todo está por hacer, todo está por inventar: las televisiones locales, Internet, centros sociales, jardines infantiles, talleres de hip hop, orquestas sinfónicas, teatro, etc. Debido a que los encontré durante los rodajes que se realizaron a lo largo de dos años, el film muestra el presente, recuerda el pasado desde el presente. Mientras estemos vivimos, nuestros muertos no estarán muertos, dicen ellos.
-Pregunta: Todas las dictaduras de América latina perdieron la batalla. ¿Qué memoria quiere transmitir a la nueva generación de ésta época?
-C.C.: El continente va en busca de mayor libertad y justicia social. Pero a pesar de la victoria en las elecciones de Michèle Bachelet, una mujer que conoció la tortura, el exilio, el asesinato de su padre, Chile sigue siendo el laboratorio del ultra liberalismo en el mundo. Entonces, allá es difícil que nuestra historia se escuche. Palabras como compromiso, resistencia, solidaridad, justicia social, caen en el vacío. El pensamiento dominante nos ha inmovilizado en un pasado percibido como retrógrado, nos define como frustrados, amargados. No pueden entender que nuestra memoria conlleva también, y sobre todo, recuerdos de momentos de alegría, aquellos que sólo pueden vivirse en la lucha colectiva, día tras día, para cambiar el curso fatal de las cosas. Mi film no es una conmemoración de Miguel, del MIR, ni de todo aquello por lo que se combatía, sino una reflexión lúcida y feroz sobre el compromiso político y el precio que pagamos. Calle Santa Fe me permite verdaderamente abandonar el campo de los sobrevivientes, y vuelvo entonces a encontrar el entusiasmo /ardor de vivir en Chile. A lo largo de todo el film intento recuperar la casa de la calle Santa Fe. Pero a medida que avanzo en el redescubrimiento de nuestra historia, en el encuentro con los militantes y sus vidas presentes, con los jóvenes de hoy día, más escucho, entiendo, lo que estos últimos me dicen: «Esta casa, ¿para qué? Miguel no está en el museo, tú tampoco. Ven con nosotros, escribe libros, realiza películas.» Es lo que he intentado hacer.
Imagen cortesía de Karma Films






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