Gonzalo de Castro: “Cuando uno sube arriba de la torre tiene un momento í­ntimo”

11 Noviembre 2007 · Imprimir éste artículo

Gonzalo de CastroGonzalo de Castro es uno de los actores más conocidos y familiares de nuestro paí­s gracias a ser uno de los protagonistas de una de las series televisivas de mayor éxito: 7 Vidas. Durante, curiosamente, siete años, Gonzalo de Castro ha sido conocido únicamente por el papel en esta serie, pero tras su conclusión, inicia una nueva andadura profesional. Este fin de semana ha estrenado La Torre de Suso, en la que se reencuentra con Javier Cámara, y con la que pretende demostrar su versatilidad y talento como actor. La entrevista que os ofrecemos a continuación fue realizada conjuntamente con una compañera de Radio Intereconomí­a.

-¿Qué cara pusiste cuando leiste el guión? Porque a mi me parece impresionante.

-Gonzalo de Castro: ¿Qué cara puse? No sé, no me miré al espejo, pero sí­ te puedo contar que sabí­a que estaba ante un guión importante, bien escrito, porque Tomás es fundamentalmente un estupendo guionista, entonces yo sabí­a que lo que me iba a entregar Tomás iba a ser muy elaborado, un guión seguramente en su treinteava versión, porque también conozco al personaje y sé que es un tipo exigente, y me encontré con una historia sencilla, bonita, muy bien hilada, muy bien cosida, muy humana, muy honesta, y dije pues qué maravilla. Yo además, que ya habí­a hablado con Tomás hace ya tiempo, porque ya me contó que él tení­a la idea de hacer un largo, y bueno, pues el dí­a que me llamó y me dijo oye te envio el guión, por fin, que ya lo tengo, pues para mi fue una sorpresa, me encontré con una historia cerradita, redondita, y muy maja, tampoco hay que hacer pirotecnias, pero está muy bien. Cuando digo pirotecnias me refiero a que en el guión está todo, es decir, el alma de toda la pelí­cula es su guión, y el guión está perfectamente pergeñado, muy bien dosificado y muy bien escrito, para mi. Lo más importante es eso.

-A mi me parece la pelí­cula de los Goya.

-G.d.C.: Bueno, no hablemos de esas cosas, pero creo que es una pelí­cula sobre todo muy sencillita, no vende lo que no tiene, y está muy bien.

-¿Cómo describirí­as al Fernando que interpretas en la pelí­cula?

-G.d.C.: Fernando es un señor que se ha perdido la mitad de la vida fundamentalmente. Ese es el gran problema de Fernando. Fernando es un hombre que se ha conformado, es un conformista, se conformó con lo que la vida le dio, se conformó con lo que parece que la vida le tení­a guardado, se quedó con la mujer de su ex-amigo, cosa que evidentemente es una carga importante. Fernando no es un tipo que ha dado un golpe de estado a su vida un dí­a, y dijo, hasta aquí­, por tanto es una persona que sufre, un tipo gris, y cuando digo gris no me refiero a gris en cuanto que es una persona que tenga un trabajo que le mate, no, no, es una persona que no vive, que le falta fuego, que le falta sangre, porque se quedó. Hay personas que en la pelí­cula, como se cuenta, optaron por marcharse, optaron por buscar la vida o buscar la cara a las cosas, y Fernando es de los que se quedan. Y ese es su gran problema, se quedó y eso te enquista un poquito, y sobre todo viviendo con un miedo, con un miedo absoluto a que Cundo vuelva, que vuelve, y eso de repente le mueve la vida y le mueve el suelo y le dinamita su realidad congelada con la que vive, que está muy bien. Por eso La Torre de Suso es una pelí­cula que para mi está muy bien porque cuento al final lo que quiere contar, lo que pasa es que no quiero adelantar a las preguntas porque sino parecerí­a que os lo cuento yo todo.

-Yo quisiera saber qué retos te han supuesto a ti hacer este personaje, como actor.

-G.d.C.: Yo te voy a ser honesto. Cuando te llama un director, Gonzalo mira, tienes que hacer de inválido o de ciego o de no sé, o vas a hacer un espadachí­n. Quiero decir, que cuando te proponen un trabajo que tiene que ver con la edad que tú tienes y que tiene que ver con lo que tú eres también y que tiene que ver con una hora y que tiene que ver con una realidad rodada en Madrid y en Asturias. Quiero decir, no hay una preparación especí­fica ni tengo que irme a ningún lado a esconderme. Yo creo que en esta profesión lo fundamental es divertirse, pero divertirse en todos los sentidos, divertirse también en el sentido serio de la palabra. Es un reto porque es una cosa bonita de donde lo vas a defender, como Fernando. Pero eso yo lo veo poquito a poco, en el trabajo que hago diario, y en las charlas que tienes con el director antes de empezar a rodar, los meses previos, a las lecturas que se hacen y cómo recibes con tus compañeros de guión, con Javier, sobre todo con esos cuatro señores que aparecen en este western asturiano, José Luis Alcobendas y César Vea, cómo son cada uno. Y, bueno, poquito a poco vas armando el enclaje, porque tampoco tienes que hacer nada en particular que no sea quitarte cosas a ti para ponérselas a él. Y ya está, poquito a poco.

-¿Tienes algún punto en común con tu personaje?

-G.d.C.: Hombre, soy buena gente, yo creo que Fernando es muy buena gente. Es un tipo que es buena gente. Todos en común tenemos algo de eso, insisto, mientras no tengas que hacer de vampiro o de muerto viviente, pero cuando tienes que defender a un personaje que es el que sea, tienes que ponerle tu carnalidad. Y esa afinidad fí­sicamente se aproxima siempre, y luego, hombre en este caso, afortunadamente yo sí­ he elegido mi vida y no tengo los problemas de Fernando. Pero sí­ tengo algo en común con él en el terreno emocional de que es una buena persona (risas).

-Una de las cosas con las que el público se va a quedar de tu personaje es ese remordimiento que tiene por haberse casado con la novia de Cundo.

-G.d.C.: Yo no sé si es un remordimiento. No creo que sea un remordimiento, por eso Fernando, al principio de la pelí­cula dice una frase tremenda, dice, oye, si pasase algo entre mi mujer y tú yo lo entenderí­a. Eso quiere decir que ese señor no vive su hombrí­a, de hecho tiene un problema de sexualidad con su mujer, el problema de Fernando es que él no puede hacer el amor con su mujer porque él tiene un concepto de la mujer o un concepto de lo que dejó Cundo que no ha superado, es un tipo que vive con pánico, con miedo, miedo a la cama, miedo al sexo, miedo a enfrentarte a las cosas, eso es lo que le pasa a Fernando. Y a partir de ahí­ se lia la madeja. Por eso, afortunadamente, hablando ya al final de la pelí­cula, es un guión que está muy bien dosificado porque al final acaba con un terrón de azúcar para todo el público. Tiene un final que la gente llama final feliz, llámalo como quieras, pero tiene un final que tiene que ver mucho con la construcción de la torre, la torre es una metáfora de la vida, es una metáfora el hecho de construirla, el esfuerzo, y desde arriba se ve, se ve el futuro, la redención, te puedes redimir de tus cosas, redimir de tus pecados, de tu pasado, de tu viaje, de tu vida, la historia de Cundo que yo en Argentina tal y en realidad es un tipo normal, que tiene problemas con la hipoteca, que eres un desgraciado como la mayorí­a de personas que se han tenido que marchar y al final nunca consigue ser lo que quiere ser que no sabe lo que es, César se redime de sus historias con la inmigración y su mala leche con la vida. La Torre de Suso es una metáfora y al final acaba pues con Fernando con su mujer, con una sonrisa, con su embarazo, porque si no acabarlo de otra manera serí­a absurdo, no sé (risas).

-Cuando rodábais la pelí­cula, ¿qué veí­as tú cuando estabas en lo alto de la torre? ¿Veí­as también tu futuro, te redimí­as de actos pasados?

-G.d.C.: ¿Hablas de Gonzalo de Castro o de Fernando?

-De Gonzalo de Castro.

-G.d.C.: Bonita pregunta me haces. Hombre, sí­, fí­jate, tienes toda la razón, pero cosas muy í­ntimas, y tú sabes evidentemente que las cosas muy í­ntimas no las compartes con nadie. Sí­, yo creo que sí­ hay un momento de eso, pero es para ti. Además eso ocurre casi al final del rodaje, cuando uno ha terminado un trabajo prácticamente hecho. Porque el rodaje al final es como la torre, se plantea, se va haciendo, vas consiguiendo los planos, hoy va a llover no se puede rodar, mañana no podemos terminar tu plano, ponemos otro tronco, ponemos otra base. Y cuando uno sube arriba tiene un momento í­ntimo, para mi, yo le hice, por supuesto que sí­, dije bueno he conseguido terminar la pelí­cula. Y miras, miras al frente y no solamente ves un paisaje brutal, de una Asturias milenaria. Lo que ves es también el aire que te deja ver y te deja transparentar el paisaje y el paisanaje que tienes abajo, y tu vida, y y tú te la pasas por el filtro y dices bueno, qué bien, un ladrillo más en mi casa, en la casa de mi vida.

-Vuelves a trabajar con Javier Cámara al rodar esta pelí­cula. ¿Qué siferencias hay o qué semejanzas en trabajar con un compañero que ya conoces y trabajar en el mismo rodaje con personas a las que no conocí­as?

-G.d.C.: Sí­, hombre, claro que la hay. Pero hay intimidad real porque Javier y yo somos muy amigos, más allá del rodaje y más allá del cinco y acción y más allá de los platós, Javi y yo tenemos una amistad sólida y franca, y además tenemos una cosa muy bonita, yo me rí­o mucho pero es verdad, y es que nos tenemos un mutuo cariño, y eso hace las cosas muy fáciles a la hora de trabajar. Ya en 7 Vidas nos conocí­amos desde hace veintintatos años por el teatro, por las cosas. Pero encontrarse con alguien con quien has trabajado tan bien como Javier, aparte de que yo le tengo mucha admiración como actor, que eso te permite tener una distancia, la suficiente como para no convertir esto en un cachondeo, yo a Javi lo admiro como actor porque creo que es un intérprete magní­fico y un tipo generoso, trabajando te da cosas y yo las recibo. Entonces para mi trabajar con Javi, ya sé cómo tenemos que hacer las cosas, cómo nos miramos, qué ensayo hacemos. Y luego reencontrarme con el resto de mis compañeros ha sido toda una experiencia. Porque sabes qué pasa, que cada uno vamos con nuestros miedos a los rodajes. Yo mañana empiezo con Colomo a rodar y estoy cagado, pero es normal, sino serí­a un irresponsable. Entonces de repente te encuentras con personas que, como tú, llegan al hotel por la noche con unas dudas de terror, no sé cómo enfocar esto, tú cómo lo ves, haces una lectura allí­ y tal. Y luego, evidentemente, te das cuenta de que cuando uno está en un proyecto y vamos todos a una, pues las cosas salen, y se trabaja a favor, a favor del guión, a favor de los compañeros, a favor del director. Yo soy un privilegiado.

-La pelí­cula habla sobre temas como la amistad, el paso del tiempo, los sueños incumplidos, ¿te ha hecho reflexionar la pelí­cula sobre estos asuntos?

-G.d.C.: Bueno, me ha hecho reflexionar en un punto, porque yo, cuando digo que soy un privilegiado, te digo que estoy en un momento en el que vivo de mi trabajo. Yo sí­ di un golpe de estado a mi vida y decidí­ qué querí­a hacer, por tanto estoy en un momento personalmente muy cómodo, muy amable, trabajo en lo que me gusta, me siguen llamando. Tengo la fortuna de poder contarlo así­. Sé que no es la realidad ni lo que le pasa al noventa y tantos por ciento de la gente. Por eso digo que yo estoy en un momento muy fascinante, pero también las cosas no son gratuitas. Igual que Fernando no dio ese golpe de estado y yo lo dí­ hace tiempo, en el sentido de que las cosas tienes que ir a buscarlas también, asi que bueno, yo me encuentro ahora estupendamente, sí­, sí­.

-¿Prefieres el cine, la televisión, te da un poco igual?

-G.d.C.: Todo. Pero hombre, igual no. No quiero ni mal cine, por eso no he hecho cine, ni mala televisión, por eso no hago mala televisión. Prefiero el teatro también, por supuesto. Ahora estoy ensayando una función con Núria Espert, una función que vamos a estrenar en el mes de Diciembre en el Teatro Español, pero claro, tienes que exigirte también, qué haces qué no haces. Yo creo que son lenguajes distintos, formas distintas, expresiones distintas, tiempos distintos, maneras, pero que si tienes la ocasión de hacer todas está muy bien, pero evidentemente, en mi caso, con una mí­nima exigencia, no por nada, sino porque es lo que me hace sentir placer, porque si no estarí­a en la tele haciendo cualquier cosa, no te quepa la menos duda.

-Una pregunta “facilita”, ¿cómo te describirí­as como actor?

-G.d.C.: Me puedo describir como alguien que está en permanente estado de alerta y aprendiendo, aprendiendo siempre. Aprendiendo y esperando. Uno no es actor, no se llega a una playa, el soy. A mi eso del soy padre, soy actor, soy médico, soy ingeniero, ese soismo no me gusta. Estoy en estado, en estado de espera, en estado de buena esperanza laboral y con ganas de encontrarme a mucha gente trabajando y con ganas de trabajar. Porque además creo que estamos en España en un momento especialmente bueno para hacer cosas, tanto televisión, como teatro, como cine. Más allá de la Ley del Cine, más allá de los problemas que tenemos con todo lo que hay de mierda en la cartelera española y todo lo que hay que someterse y bajarse los pantalones, pero bueno, aún así­, creo que estamos en un momento estupendo, que hace años que no pasaban cosas, que hace años que no se hací­an 80 pelí­culas, que hay una cantera de actores muy buena y muy mala, y yo me encuentro ahí­ en el medio, flotando, un corcho, que por lo menos no se olviden de mi, a la hora de trabajar y si no, me buscaré la vida, ya esta (risas).

-Te voy a hacer una pregunta que creo que va a ser complicada, ¿hay una Torre de Gonzalo?

-G.d.C.: Hombre, yo vivo en una torre de marfil, por tanto no sé si ahí­ tengo una Torre de Gonzalo. No. La torre, como metáfora, insisto, está muy bien, es la vida. Y yo te puedo contar que estoy a mitad de ella, no sé si estoy subiendo o estoy bajando.

-¿Te influye, te afecta, lo que las personas puedan opinar de tu trabajo?

-G.d.C.: En absoluto, si no, no saldrí­a de casa, quiero decir, si no, no trabajarí­a. Si me tuviera que influir, o le diera total importancia a lo que la gente diga de mi por mi trabajo serí­a un cretino. Creo que uno tiene que defender lo que hace y defenderlo al cien por cien, bien, más allá de que tú digas que soy un pésimo actor o que tú digas que soy el mejor del mundo, o que eres un gilipollas, o eres un imbécil o es un intruso, aquí­ hay intrusismo de terror en esta profesión. No me preocupa, francamente, lo que que digan. Me preocupa que a la hora de trabajar yo esté haciendo lo que tengo que hacer y punto. Y ya está. Porque creo además que serí­a muy tonto. Hay mucha gente que le pasa eso, muchas personas que viven preocupados de lo que opinan de él, de si va bien vestido o no, de si es guapo o feo, o si eres alto o bajo. A mi esas cosas no me importan, o si tus proyectos son buenos o malos, o si haces una pelí­cula o veinticinco. Yo pago mi casa y tengo mis proyectos y puedo elegir afortunadamente lo que hago, y a quien no le guste que se marche. Gilipolleces las justas.

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