Javier Cámara: “A veces nos olvidamos a quién van dirigidas las pelí­culas”

11 Noviembre 2007 · Imprimir éste artículo

Javier CámaraA estas alturas nadie puede negar que Javier Cámara es uno de los actores más importantes del cine español. Su talento y las pelí­culas en las que ha participado hablan por sí­ solas. Comenzó a ser un rostro familiar gracias a la pequeña pantalla, por su participación en series como ¡Ay Señor, Señor!, o íEste es mi Barrio!. Gracias a Torrente: El Brazo Tonto de la Ley aumentó su popularidad y obtuvo su primera nominación a los Premios Goya como mejor actor revelación. Su consagración llegó con 7 Vidas, y desde ese momento, ha trabajado con cineastas de la talla de Julio Medem, Pedro Almodóvar, Joaquí­n Oristrell, Agustí­n Díaz-Yanes o Isabel Coixet. La entrevista que os ofrecemos a continuación ha sido realizada conjuntamente con una compañera de Radio Intereconomí­a.

-¿Cómo ves al Cundo que interpretas en La Torre de Suso?

-Javier Cámara: Pues lo veo muy perdido. Yo le veo perdido, le veo que ha engordado, lo veo que todo el mundo lo trata como si fuera esa persona que fue hace 15 años, y ya no lo es. Entonces, lo veo desubicado, lo veo en un sitio que no es el suyo pero que es el suyo. Conozco a gente que ha cambiado de paí­s y que vive a caballo entre dos mundos, conozco a gente que ha cambiado de ciudad, como yo, y ya no vivo a caballo entre dos mundos porque vivo más en Madrid que en La Rioja, porque, claro, tienes que olvidar uno de los sitios si quieres poner los dos pies en algún lado, entonces no lo olvidas del todo porque tienes a tu familia, a tus amigos, a tu gente, que te llaman, oye, precisamente este sábado hacen una cena de quintos, que no sé si sabréis lo que son los quintos, los quintos son los que iban a la mili, se llamaban los quintos en los pueblos, entonces cada año se organiza la cena de quintos o la no sé qué de los quintos de ese año, entonces me han llamado ayer, oye, que si vienes a los quintos, porque el año pasado estuvimos juntos y les invité a unos estrenos y siempre estoy en contacto. Pero que es complicado y a Cundo le veo perdido, y además no le veo nada pragmático, yo creo que generacionalmente nosotros somos una generación muy pragmática, muy descreida, muy pragmática, que no creemos en nada hasta que no lo vemos. Entonces esta pelí­cula habla de una generación que confiaba en ciertas cosas, que se han quedado solos, que no son pragmáticos, que sí­ hay un momento en que alguien dice y si me pongo a hacer la torre quién cuida las vacas, pero en el fondo estoy seguro que dirí­an no te preocupes que las cuidamos entre todos, y harí­a la torre. Creo que es gente que se convence muy fácilmente porque viví­an en una época, que es la adolescencia, y en la adolescencia no hay peligro, tus amigos van a ser para siempre, van a formar parte de tu vida y cuando tú haces una unión de sangre, es la unión de sangre que no nos va a cortar nunca nadie. Y a los tres años esa unión de sangre se ha cortado porque tú estás estudiando en un colegio interno, porque tu amigo de dieciocho años de repente ha dejado embarazada a una y se han tenido que casar, porque la vida pasa por encima de las personas, y entonces eso es lo que más me gustó en la pelí­cula, que es alguien que está desubicado, perdido, que quiere explicar un poco su vida pero que no sabe cómo hacerlo. Y que en el fondo tampoco merece la pena porque está todo el mundo en sus mismas condiciones.

-Hablamos de que es un guión muy terminado, muy bien construido pero a mi me gustarí­a hablar de los diálogos, porque a mi me parecen increí­bles, tienes unos diálogos con Malena Alterio que son…

-J.C.: Maravillosos, sí­, sí­. Y además quiero hacer un balance muy positivo sobre eso, porque en televisión es en donde mejores diálogos se escriben, donde mejor. Pero la televisión, sobre todo yo ahora que estoy viendo Los Soprano, la televisión bebe de Shakespeare, y en este caso la televisión bebe de los grandes genios, de Billy Wilder, de Woody Allen, Woody Allen bebe de Bergman. Quiero decir, no me estoy poniendo pesado sino me estoy poniendo en el lugar al que correponden los buenos dialoguistas. Entonces, Tomás es un magní­fico dialoguista, para ser un magní­fico dialoguista hay que conocer muy bien a los personajes que estás escribiendo, si no, no funciona. En un mismo diálogo, la escena sorprende, la escena gira, los personajes tornan, los personajes deciden, la vida pasa por delante en cada una de las frases. Me encantaban los diálogos, son maravillosos. Cuando yo los leí­a esos diálogos, el reto de decir un buen diálogo y decirlo en el tono que es, es un reto maravilloso para un actor. La putada es cuando tienes una escena y dices pero esto cómo coño se hace, yo no sé ni lo que estoy diciendo, y eso pasa muchas veces, muchas, te lo puedo asegurar, de verdad. Entonces cuando te encuentras por fin un guión donde dices cosas fantásticas, donde los personajes son reconocibles, donde dices coño lo entiendo, no tengo que hacer un trabajo de introspección, de irme a la Biblioteca Nacional para ver cómo era este tí­o, o sea, no tengo que irme a ver cómo vive una persona en determinadas circunstancias porque ha tenido un accidente de no sé qué, ay qué difí­cil, no, son personas normales, y dicen cosas muy normales y las dicen muy bonitas porque hay unos diálogos preciosos. Rompo una lanza con los absurdos tabúes que existen en el cine español con respecto a la comercialidad y a la televisividad, porque me parecen equí­vocos, sobre todo los mejores guionistas se están fraguando en la televisión, y además se fraguan en televisión mirando de cerca a Rafael Azcona, y mirando de cerca las pelí­culas españolas de Berlanga y de Bardem, y ver muchí­simo cine, y son espectadores fantásticos de cine, sobre todo Tomás. Tiene muy en cuenta al espectador. Ese es otro de los grandes tabúes, no porque tengas en cuenta al espectador tu pelí­cula va a ser peor. No vas a ceder cosas que tú no quieras ceder por tener en cuenta al espectador, el espectador está ahí­, y las pelí­culas las haces para que la gente las vea, como escribes un libro para que la gente lo lea, o omo pintas un cuadro para que la gente lo observe. O sea, un acto artí­stico es un acto generoso, y hay veces que nos olvidamos a quién van dirigidas las pelí­culas, y hay que acordarse. Entonces hay varios tabúes que intento romper siempre que hago una pelí­cula sincera, honesta y divertida.

-Antes comentabas en la rueda de prensa que tienes algunos puntos en común con Cundo, que tú también te fuiste de tu publo cuando eras joven, ¿esta pelí­cula no te ha hecho reflexionar sobre tu juventud, tus inicios como actor?

-J.C.: Totalmente, totalmente, sí­. Sí­, pero más que en un sentido profesional, porque la verdad que profesionalmente siempre podemos hacer una lectura como muy positiva, yo nunca me hubiese imaginado a los 40 años que tengo ahora haber hecho pelí­culas, ni siquiera pelí­culas, ya no una pelí­culas con Almodóvar, pelí­culas. Yo cuando me fui de mi pueblo tampoco pensaba que iba a ser un actor, iba a entrar en la Escuela de Arte Dramático, pero no sabí­a si me iban a coger, iba a probar, si o no y me iba a meter de camarero o iba a hacer otra carrera. Todo ha sido un regalo, porque ha habido obstinación, me imagino, una obstinación inconsciente por mi parte y creo que tengo que recuperar esa obstinación inconsciente del primer momento. Cosas como la experiencia ahora creo que son negativas, cosas como la responsabilidad creo que a veces es negativa. Hay una obstinación inconsciente del principio que me llevó a ser un poco lo que soy. Eso lo he tenido apartado porque han pasado a formar parte de mi vida otras cosas como esta pelí­cula cae sobre tus hombros, hay una responsabilidad con el cine español, eres un artista, opina, entonces digo sí­, todo eso lo hago, pero tengo que reconocer que yo, como actor, como creador, esa idea primigenia de por qué yo me moví­ a esto es lo que me ha conseguido hacer estas cosas, o sea, olvidarme de que voy a trabajar con quien sea, sino que hay que ser honesto. Entonces sí­ es verdad que a nivel profesional es muy creativo, pero a nivel personal claro que me reconcilio con ellos porque todos hemos pasado por esos conflictos, desengaños amorosos los hemos tenido todos, amigos que se han ido a otra ciudad y que ya no tienes el teléfono, fí­jate, al cabo de los años de repente dices ay tengo que llamar a alguien para conseguir ese teléfono, pero si era tu mejor amigo. Entonces, cuando te reencuentras con esas personas te ponen en el sitio donde estabas y tú estás ahora en otro sitio, entonces el contraste a veces es negativo y muy frustrante. Y yo creo que a estos personajes les pasa la vida por encima y por eso hacen esa torre, para que la vida nos pasa por encima y la puedan observar un momento y decir, bueno, estamos aquí­, ¿cómo te va? bien, bueno, a mi fatal, a mi peor, venga, pues vamos para adelante.

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